martes, 10 de septiembre de 2013

NOVELA CORTA "MURMULLOS" ENSAYO (PRIMERA PARTE)



I
El resplandor del atardecer se filtraba por los minúsculos agujeros de la pared de ladrillo, aún sin terminar. Al principio, Silvia creyó que eran estrellas los puntos luminosos que destellaban frente a ella, pero luego se dio cuenta que estaba tirada en el piso de su propia casa, en las baldosas traslúcidas de la cocina y junto al tacho de basura. Intentó abrir completamente los ojos, pero un fuerte dolor de cabeza la hizo llevar la mano al rostro para cubrirlos. Un profundo olor a ron la invadía, pensó que era el ambiente, luego notó que ella misma lo emanaba de su ropa. Un humo negrusco provenía del fogón así que se levantó despacio y apagó las hornillas que consumían lo poco que quedaba del almuerzo. Miró el reloj colgado sobre la pared de la chimenea, eran casi las seis de la tarde.
Las piernas le temblaban, pero como pudo avanzó al baño. No recordaba nada de quince minutos atrás, aunque ubicaba perfectamente lo ocurrido esa mañana; lentamente trató de repasarlo mientras el agua tibia le reanimaba los músculos de su débil cuerpo. Se había levantado temprano, como todos los días, despertó a Will con un beso y a su hijo con caricias, hizo el desayuno, sirvió café a su esposo, jugo de naranja a Jhon y puso dos tabletas de vitaminas al lado de cada uno. Luego, tomó las llaves del auto y todos salieron. Ella condujo. Dejó a Will en el trabajo y a Jhon en el colegio. Fue al mercado; compró pescado, especias, legumbres y frutas. A las diez de la mañana regresó a la casa y se puso a cocinar, montaba las ollas cuando la distrajo el teléfono. Entonces notó que no recordaba nada más, solo murmullos incesantes que taladraban su cerebro abrumándola más en la confusión. Revisó la ropa que se había sacado y que aún estaba tirada en el piso del baño, pensó que tal vez encontraría una respuesta que le aclarara en algo lo que le estaba ocurriendo, extrajo un pequeño recibo arrugado y húmedo del bolsillo del pantalón: “Motel Río Bravo ¡Su placer es el nuestro!” Cayó de rodillas en el piso de la tina, su rostro desdibujado por la vergüenza se bañó en lágrimas; trató de ubicar los recuerdos de aquello que tanto temía, pero ninguno acudió a su mente.
II

La comandancia era un hervidero de gente esa mañana. Abogados, patrulleros en relevo de guardias, empleados de la fiscalía y familiares que pugnaban por ver a sus presos demostraban que la fría ciudad no se daba abasto con los criminales. En medio de la agitada oficina un hombre de mediana edad vestido como camionero, con rostro plano, nariz chata y grandes gafas escuchaba una mala noticia por parte del inspector Malloy: “Fuimos al motel Río Bravo llevando una foto de tu mujer Will... – dijo el hombre de ley en tono grave– Pero el dueño y varios testigos nos dijeron que había llegado cerca del medio día con un hombre alto; y que entre ellos no se vio el menor indicio de que hubiese entrado por la fuerza... Creo que será mejor que hables con Silvia y resuelvas este problema en casa amigo”.
El rudo hombre se limpió las lágrimas de indignación del rostro y sin pronunciar palabra se marchó de la comandancia mientras el Inspector lo obsequió con una mirada indulgente. Malloy se guardó el resto de información del motelero, no quiso decirle que ese día había entrado varias veces con individuos diferentes y menos que era lo que ellos llamaban “una clienta habitual”; para un hombre que amaba a su mujer como lo hacía William el solo hecho de descubrir que había entrado con uno ya era suficiente como para dejarlo sin corazón.
Will salió del edificio y subió a su camioneta, se quedó mirando una foto de su mujer que colgaba del retrovisor y golpeó fuertemente el volante con sus toscas manos. No entendía como había podido creer en ella, talvez por sus grandes ojos tiernos y su mirada sin mácula. Manejó por la carretera que lo conducía a casa y recordó de pronto cuando estando recién casados compraron la vivienda. Silvia se había enamorado de la construcción que estaba rodeada de violetas y pensamientos y William la adquirió sin replicar en el precio. Eran el matrimonio perfecto, ella, aunque tímida e insegura, era dulce y estaba llena de amor por su esposo; él, un seminarista retirado que había claudicado a su fe por un amor diferente al de Dios, talvez terrestre, mundano y mortal, pero igual de divino. Recordaba algo que ella le había dicho cuando se conocieron en aquel café universitario: ¡Tu podrías enseñarle a cualquiera a ser bueno! Y con esa sencillez lo conquistó, dos meses después Will dejaba el seminario para entrar en una iglesia de una forma diferente a la que había imaginado, de la mano de su futura esposa. Quedó embarazada casi enseguida y nueve meses después nació Jhon con su mismo rostro de lirio pálido.
Habían tenido diecisiete años de matrimonio feliz y pleno en todos los aspectos. Silvia era una mujer sensible, tierna, comprensiva y hacendosa, Will nunca tuvo queja alguna. A medida que iba saliendo de la ciudad y pensaba en su forma de ser, en como lo despertaba por las mañanas, en su ternura infinita, en su manera de atender a Jhon, en su delicadeza. Fue entonces cuando lo atacó la duda: ¿Y si no era culpable? ¿Y si realmente no recordaba como había llegado hasta allí? Entonces no tardó mucho en disculparla. ¡Es que no podía ser que actuara con tanta hipocresía! ¿Cómo podría existir perversidad y malicia en un ser como ella? ¡No! ¡No en la dulce Silvia! Debía ser inocente sin duda, - ¡Sí! - definitivamente debía serlo. Dio vuelta por una abertura en el camino que lo condujo hasta un claro entre los árboles en donde estaba la casa y parqueó junto a las violetas recién abiertas.
Entró por la cocina, la halló desierta y aunque la radio encendida y la cafetera silbando en la lumbre revelaba la presencia de su mujer, no pudo encontrarla por ningún lado. Revisó el garaje, la salita de lectura, el jardín y el comedor. Subió y echó un vistazo en los baños y en el cuarto de Jhon. Avanzó hasta la habitación matrimonial, algo lo detuvo un instante, un frío que lo espeluznó, pero finalmente entró abriendo la puerta de par en par, allí encontró a su ángel, tendida en el piso, envuelta en un charco de sangre que salía de sus muñecas, inconsciente y muy débil, pero aún con vida. La tortura apenas empezaba.
III
Casi podía olerse la madera de nogal del viejo escritorio. Sobre el noble mueble había fotos y recuerdos de los pacientes restablecidos. Una pared con dibujos infantiles delicadamente enmarcados y un anaquel con fotografías antiguas le daban un aire casero al entorno, aunque no lograban alejar al visitante de la sensación de estar en un consultorio médico.
Daniel Harper era un hombre de rostro apacible y mirada franca, trataba siempre de ganarse la confianza de sus pacientes antes de intentar cualquier acercamiento en calidad de médico. Detestaba comenzar una sesión con el cliché: “Pase y recuéstese por favor”, prefería las terapias iniciadas con una taza de café y una conversación sincera en un lugar alejado del diván.
Recordaba la primera vez que Iris cruzó la puerta del salón de espera y entró en su consultorio acompañada de su tío Will. Era tan pura, tan inocente. Tenía la piel sedosa y la figura como de espiga de arroz; sonrisa clara como de agua de manantial y los ojos de un vivo color aceituna, pero su rostro, era el de la tragedia.
El Dr. Harper tenía ya algo de experiencia con ese tipo de casos, aunque nunca se había enfrentado a un reto como el que representaba la pequeña Iris.
La criatura sufría de lagunas mentales, una condición muy seria para su edad. Muy a menudo se encontraba en lugares desconocidos con gente extraña sin el más mínimo recuerdo de cómo había llegado hasta allí. En todas las ocasiones en que aquello le había ocurrido sólo recordaba unos extraños murmullos que creía haber escuchado minutos antes de perder la conciencia.
El médico vestía su uniforme fresa con dibujos de dinosaurios, aquel que usaba cuando la niña llegaba. La pequeña lo hacía reír, a menudo jugaban damas chinas o monopolio mientras sostenían largas pláticas; eso cuando tenía ganas de jugar porque a veces llegaba triste y simplemente se sentaba a ver correr la lluvia por los cristales. Decía que los días nublados la ponían melancólica.
Harper sabía ya que la niña tenía diez años, que había asistido a una estricta escuela católica de un poblado cercano y que antes de llegar con Will había vivido con su madre y su padrastro, un capitán de barco retirado, profuso bebedor y padre de dos hijos que se había casado con la viuda cuando Iris contaba con cinco años. Ella preguntaba constantemente por el tío Will, ignoraba por qué ahora vivía con él aunque estaba claro que no era su padrastro. - ¡Jesús! - ¡Menos mal que no lo era!- Sus días de visita, siempre repentinos eran impredecibles; bien podían terminar con un juego de mesa o con una revelación terrible de los secretos que ocultaba en lo más profundo de su mente.
  • ¿Qué dicen los murmullos Iris? – Preguntó el médico.
  • ¡No quiero ir! - respondió la niña.- ¡Váyanse! ¡Váyanse!
El temor reflejado en el rostro y la voz temerosa de la criatura hicieron que el médico se estremeciera en su silla, entonces decidió sacarla de la hipnosis.
- Uno, dos y tres. Un leve chasquido le hizo abrir los ojos húmedos.
Ella abrazó a su doctor que la consoló tiernamente, pasando con dulzura la mano por sus cabellos rubios.
  • Ya pasó... ya pasó... estás a salvo conmigo...
Un poco más recuperada pasó su manito por los ojos secándose el rostro, el médico la interrogó.
  • ¿Te sientes mejor?
  • Si... mejor... – dijo la niña. ¿Por qué estaba llorando?
  • Ya no tiene importancia... ¿Quieres que el tío Will te lleve a casa?
  • Si... quiero ver a Jhon antes de que se tenga que ir a la cama...
Se bajó del diván y avanzó hasta la puerta que daba a la recepción en donde Will trataba de componer los retazos de su rostro y de comprender aquel panorama confuso en que se había convertido su existencia.
  • ¿Nos vamos tío Will? – dijo la conocida voz infantil.-
Will observó al médico que hizo un ademán de aprobación antes de contestar.
  • Si mi amor, sigue que enseguida salgo...
La niña salió del consultorio aún triste, sin embargo, no olvidó lanzar un beso al médico antes de salir y despedirse de la enfermera. Los hombres la vieron marcharse.
- ¿Se siente usted bien? – preguntó el doctor al hombre - Le puedo recetar un medicamento si desea.
  • No doctor, con lo que está haciendo por nosotros es suficiente. Gracias.
Will salió cabizbajo y meditabundo arrastrando su pesar como un fantasma carga con sus cadenas eternamente, como un condenado a muerte, trastornado y lánguido, dobló la esquina del recibidor y desapareció por el pasillo.
IV
Silvia, ya más restablecida, cambiaba los vendajes de sus muñecas en la salita de lectura, había estado tranquila toda la tarde. Su día había sido el acostumbrado, dejar a su marido en el trabajo y a su hijo en la escuela, las compras, la comida, el arreglo de la casa, lo único diferente fue que debió atender al hombre que terminaba de enlucir la pared de la cocina, pero hasta esa pequeña visita le había hecho bien. Eran las tres, Jhon estaba a punto de llegar de la casa de un amigo de la escuela. Silvia recordó que aún le faltaba el aderezo de la ensalada que tanto le gustaba a su hijo y se apresuró a terminar para salir un instante a la tienda, casi finalizaba cuando escuchó un grito que provenía de la cocina.
  • ¡Mamá! ¡Maaaamááá!
Corrió desbocada ante la voz desesperada de su hijo que parecía predecir una tragedia y en un instante estuvo parada frente al chico que observaba un montón de platos rotos en el suelo recién pulido.
  • ¡Jhon! ¿Por qué has hecho esto?
  • ¡Pero si yo no fui mamá!
  • Entonces a lo mejor fui yo... ¿verdad? ¡No mientas!
  • ¡Pero mamá...!
  • ¡A tu cuarto! ¡Te quedarás allí hasta que llegue tu padre!
El muchacho avanzó con aire de resignación y subió las escaleras. Silvia disponía de una gran bolsa para guardar los desperdicios a los que había quedado reducida su mejor vajilla cuando se escuchó el portazo del cuarto de Jhon. Y pensar que hasta le había dado permiso para ir a la casa de un compañero del colegio aún en contra de las órdenes de Will. ¿Pero qué le estaba pasando?
¡Habrá que corregirlo! – pensó- ¿Y quién mejor que su padre para hacerlo? Si, hablaría con él y le contaría lo ocurrido con los platos.
V
El amanecer dejaba entrar la luz por las ventanas del piso superior de la casa, por detrás de las colinas, el disco inflamado hacía su aparición apoderándose del cielo. Will se asomó y observó las violetas.
  • No abras la ventana todavía... - Dijo susurrante una voz femenina.
Rebecca, acostada en la cama, al lado de la ventana, trataba de despojarlo de sus pijamas.
  • Jhon tiene que ir a la escuela... – dijo él en tono leve-
  • No, no... dale dinero al chico y que trague en la puta escuela... ¿Por qué no vienes acá y nos quedamos todo el día entre las sábanas?
Ella lo tumbó en la cama boca arriba y lo montó con pericia.
  • ¡¡¡¡Yo puedo darte lo que la imbécil de tu mujer no te da!!!!
Y se dejó acariciar por aquella extraña que descubrió en su cama esa mañana, hasta que el recuerdo de su mujer lo hizo reaccionar intempestivamente.
  • ¡No! ¡Te lo he dicho mil veces! ¡No me gusta que hables de ese modo! Jhon está teniendo problemas en clases, ayer me llamó la directora... ¿Hablaron contigo?
La mujer rió a carcajadas mientras tomaba un cigarrillo de la mesa de noche de Will.
  • No... a lo mejor el tarado de tu hijo está tan loco como la madre...
  • ¡Ella no está loca! ¡Te lo advierto... deja a Silvia en paz!
Will la tumbó en la cama de un manazo y salió del cuarto alejándose por el corredor orquestado por las carcajadas distorsionadas de la mujerzuela y el humo del tabaco que expedía por sus fauces.
Minutos después, Will besaba a su esposa en la frente mientras la suave brisa dejaba entrar el aire perfumado de violetas por la ventana de la sala.

VI
El atardecer caía en el campo y el aire empezaba a enfriar, Jhon, de pie en la puerta, bebía un sorbo de café mientras observaba a la joven juguetear divertidamente. Se enredó en el suéter de mullida lana azul antes de acercarse. Estaba alto... era casi un hombre cuando descubrió a la extraña joven que se columpiaba en la entrada de su casa.
- ¡Yo rompí los platos! - Dijo ella cuando lo vio acercarse.
El chico la observó por algunos minutos.
Movía las piernas como una chiquilla, perdía la mirada de vez en cuando entre los árboles como buscando alguna ardilla traviesa y se mordía las uñas de la mano izquierda. Al final el joven atinó a preguntar algo.
¿Por qué lo hiciste?
Porque tu papá me echó la culpa de haberte dado permiso para que fueras a casa de tus amigos luego del colegio.
Pero si tu...
Fue Silvia, ya lo sé... – interrumpió ella.- ¡Pero fue más fácil echarme la culpa! ¡¡Estoy harta de que me culpen de todo lo que ocurre!!
Jhon bebió un largo sorbo de café. - ¿Quién eres? – preguntó algo confundido.-
- Cindy -
¿Y dónde está mi mamá, Cindy?
Adentro, con las demás... ellas no quieren que salga... – susurró en secreto.-
¡¿Ellas?!
Shuuu... son muchas... muchas... hay que tener cuidado... no debemos hacer ruido, si Olga nos escucha... podría matarla o esconderla y nunca más volverías a verla...
¿Quién es Olga? – preguntó el joven.
¡Ella es mala! – respondió.-
¿Le contarás a mi padre lo de los platos? Él cree que fui yo...
¡No lo haré... que te culpe igual que me culparon a mí!
¿Quién te culpó?
Todos... mis maestros... la hermana Azucena... ella siempre dice que yo soy la culpable de todo... hasta de... guardó silencio un minuto mientras reproducía alguna imagen congelada en algún resquicio de su memoria.
¿De qué? – dijo Jhon intrigado.-
Y observó las primeras lágrimas aparecer en el horizonte de sus ojos verdes. Sintió deseos de consolarla, dejó la taza en la escalera y la abrazó fuertemente, ella sintió sus firmes brazos y correspondió. Se parecía tanto a su padre.
Pero abruptamente se rompió el contacto y lo apartó con tanta violencia que casi lo tiró cerca de la escalera. Cindy se llevó las manos a la cabeza mientras gritaba desesperada.
¡Diles que se callen!
¿A quiénes? – preguntó el joven.-
¡A los murmullos! - No... no quiero ir con ustedes... ¡váyanse! ¡Váyanse!
Y la muchacha desapareció por la puerta de entrada de la casa tumbando la taza de café que se estrelló contra el piso manchando algunos pensamientos.

VII
¡Ella no vendrá! –
Dijo la anciana sentada en el enorme diván de cuero rojo del consultorio y sosteniendo las manos en actitud de oración.
¿Por qué? - Preguntó el médico.-
Ave María purísima... No lo sé, pero no quiso y quizás sea mejor así... ese demonio... ¡Jesucristo! – le tememos muchísimo.
¿Quiénes le temen?
¡Todas! ¡Cada una!
Está bien... – dijo el médico- Soy el doctor Harper... ¿Cuál es su nombre?
Soy la madre Azucena, del Convento de las Madres Conceptas del Sagrado Corazón de María.-
- Es un placer conocerla hermana... dígame, ¿Cuántos años tiene de ordenada?
- Cuarenta, ingresé jovencita en los caminos del señor, a los 16... supongo que usted es el doctor de quien tanto hablan Iris y Cindy, pero... ¿Para qué busca a Olga?
Deseo conversar con ella...
¡Jesús! ¿No es usted uno de esos amigotes? ¿Esos que la inducen a hacer cosas malas?
¿Cosas malas? - Interrogó el médico.-
Si... Olga hace cosas malas con la pequeña Iris y contra la pobre Silvia... una vez la obligó a... Y la hermana se detuvo de inmediato, como recordando alguna prohibición de alguien a quien temía más que a nada bajo el cielo.
- Oh... no puedo hablar de eso... las culpa de ser débiles, pero si son dos almas de Dios... Iris, por ejemplo, es solo una niña y se asusta de cualquier cosa.
¿De qué cosas se asusta Iris hermana?
¡Le tiene terror a su padre!
¿Al Capitán Morgan?
Si... bueno, él no es su padre es su padrastro... ¿Sabe? Pero él es un hombre bueno, caritativo y creyente en la palabra del señor, pero la niña dice que...
¡Oh no Dios mío! ¿Qué iba a decir? No puede ser... ella es una mentirosa compulsiva... ¿Sabe? Los niños de esa edad a veces se vuelven muy mentirosos y si no los corregimos pronto pueden volverse mitómanos.
¿Pero por qué Iris diría mentiras hermana?
Porque no le gusta su padrastro... El capitán es muy cristiano... muy devoto... ¡No! ...tiene que ser una mentira de Iris, esa pequeña bribona. Le he dicho del pecado, del fuego del infierno...
Y empezó a persignarse en un acto involuntario y mecánico mientras observaba una cruz de madera tallada que exhibía el médico en una pared del consultorio. Le fue necesario a Harper tomarla firmemente por los hombros para hacerla reaccionar.
Hermana... ¡Dígame! – Las palabras del médico alteraron a la mujer.
¡Santo Dios...! ¡Es un buen hombre! ¡No es cierto lo que ella dice!
- Madre... – dijo el médico.- Silvia está enferma y debemos curarla si no lo hacemos morirá... pero antes debo saber que fue lo que la enfermó... ¿Qué hace el Capitán con Iris? ¿Ella se lo ha dicho?
Pero el pensamiento de la hermana estaba lejos ya, susurraba extractos bíblicos, frases salomónicas y textos benditos que la mantenían segura y lejos del mal, a ellos acudía cuando sentía miedo. De pronto se llevó las manos a la cabeza y se estremeció.
¡¡¡¡Allí están otra vez!!!! - Harper la soltó.-
¿Quienes? - Dijo el hombre.- ¡¿Quiénes?!
Los murmullos... - dijo la mujer asustada.- ¡Esos murmullos que vienen cuando otra se acerca...!
Y tronaron con fuerza las palabras de la anciana que imbuida en el gris hábito que le infundían sus creencias recitaba: ¡Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre...!

CONTINUARÁ...

YO, CUCARACHA


Oh! Mi Dios! ¡Por qué nací cucaracha y no caracol? Para rondar las olas sumergiéndome en el océano, atrapando el ruido del mar en mi concha.

¿Por qué cucaracha y no oruga mi señor? Mi corta vida seria recompensada con la aparición de la hermosa mariposa a la que el mismo sol envidia el resplandor de sus colores…

¿Por qué no luciérnaga señor mío? Para iluminar las negras noches con mi luz brillante como estrellas resplandecientes bajo la luna y tachonar el cielo de destellos luminosos…

¿Por qué no una pequeña hormiga mi Dios? Mi sencilla vida la dedicaría por entero a trabajar incansablemente solo para agradarte…

¿Por qué de entre tantas maravillas de la creación tuve que ser yo la sucia, infame y asquerosa cucaracha a la que todo el mundo aborrece y evita, a la que los niños temen y la que hace trabajar a diario a una gran cantidad de hombres tratando de fabricar un veneno capaz de erradicarme completamente de la faz de la tierra?

Y en un divino milagro habla Dios a la cucaracha y contesta su desesperada súplica:

Yo soy el todopoderoso, Dios y señor de todo en el universo. Toda cosa por insignificante que parezca tiene su razón de ser y su lugar en el delicado balance de la naturaleza, hasta tu mi pequeña cucaracha.
 
¿Para qué quieres ser caracol? El mar es un entorno peligroso con mas depredadores que la tierra y cuando se agita arroja furioso a la playa todo cuanto puede donde muere seco por el sol y el calor. 
 
¿No sabes acaso que los colores de la mariposa la delatan y que más de una vez le ocasionaron la muerte?

¿Te parece realmente hermosa la luciérnaga? Que atrae su desgracia con la misma luz con la que enamora la noche? ¿Para qué hormiga? Si su esfuerzo sin número pasa desapercibido en medio de una basta especie natural…

¿Para qué ser diferente? ...Si eres única, te he dado una resistencia ilimitada que garantiza la supervivencia de tu especie y es necesario que esos hombres trabajen a diario para exterminarte y eres tu quien alimenta a sus familias.

Un poco después del último estallido nuclear, cuando la raza humana esté exterminada, emergerás triunfante desde las ondas del abismo coronándote como el inicio de la nueva cadena evolutiva y regirás al mundo desde tu sitio en la tierra donde te puse para que fueras dueña y señora. Seguro es que nunca habías visto las cosas de esta manera y vives una existencia miserable porque quieres que así sea, empeñada en hacer lo que no puedes con lo que no tienes. ¿No es mejor vivir feliz y con optimismo esperando siempre lo bello que te regale la vida y aceptándolo con amor? Espera con paciencia tu momento cucaracha, espera paciente y sigilosa, aguarda sin ansias el momento oportuno y aprovecha cuando éste venga a buscarte. Algún día cucaracha, cuando la humanidad pueda al fin percibir tu verdadero valor será muy tarde para ellos, pues su era habrá terminado, surgiendo desde las cenizas del nuevo comienzo en donde reinaran todas las virtudes; la paz, el amor, la bondad y la infinita paciencia de la pequeña cucaracha.

(SOBRE UNA IDEA DE “LA ESPADA DE DAMÓCLES” DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ).

CUENTO LA MATA DE CUNO CUNO


Bajando por un senderillo que serpenteaba en la basta llanura, cerca de una quebrada oculta por una mora de desvencijadas ramas, se hallaba la cueva de la vieja Cata. Vivía la bruja desde inmemoriales tiempos en una comarca de campesinos, labradores y pastores en el frío páramo serrano. No hablaba con nadie, pero se la podía observar de lejos sentada en la punta de una formación rocosa conocida como la “uña del diablo”, fumando un puro y observando a los pastores de quienes no perdía ni pie ni pisada. Con el cuero viejo y arrugado y el espinazo arqueado como ave de rapiña, con los cabellos negros que como puyas aparecían debajo de una especie de sombrero que le proporcionaba una apariencia siniestra, esperaba que las sombras cubrieran la campiña para preparar brebajes, hechizos y pociones que sólo se podían hacer bajo el cobijo de la luna cómplice. Siseaba una tétrica cancioncilla aprendida de un viejo brujo de quien había sido aprendiz y que según le dijo, servía para alentar a las ánimas a que vinieran en su ayuda.

Tenía mirada de lechuza y era imposible calcular su edad pues, el más viejo de la zona que ya tenía nietos grandulones, decía recordarla vieja cuando él mismo era un mozuelo.

Sin la posibilidad de sobrevivir de otra cuestión que no fueran las artes oscuras, muchas veces robaba de aquí y de allá animales pequeños como gallinas y becerros que le servían para subsistir en un ambiente cada vez más hostil; sin embargo, y a pesar de que todos sabían de sus hurtos ocasionales, nadie se atrevía a lidiar con ella pues les aterraba que pudiese echar el “mal de ojo” sobre el que osara molestarla.

Entre las pocas posesiones de la bruja se hallaba una vieja varita hecha de plumas de arpía, heredada sin duda de su madre; un fogón teñido de todo el hollín del tiempo y un caldero, pero ninguna de sus pertenencias era tan importante como una mata a la que solía llamar “Cuno Cuno”. El extraño arbusto tenía el tronco rojo carmesí y las hojas de un amarillo más intenso que el sol, casi como el oro y para vivir, no necesitaba de más luz que la que ella misma se proveía. Recordaba Cata las muchas recomendaciones que le hiciera su antiguo maestro cuando se la confió:

Provéela de líquido, cualquiera que éste fuera; si quieres transportarla solo debes meter en tu bolsillo una hoja dorada y colocarla sobre el sitio que escogiste y renacerá para servirte nuevamente; pero escuchar debes este consejo atentamente: Trátala como tu posesión más preciada y ámala, pues no sabe contener su poder cuando se siente odiada”.

Crecía el árbol fuerte y frondoso en una esquina de la cueva, las raíces se incrustaban en la tierra y el tronco se elevaba por fuera del hogar de la anciana. Tenía muchas propiedades mágicas, por ejemplo, podía curar casi cualquier enfermedad, sus flores emanaban un perfume delicioso al que las indígenas atribuían cualidades esotéricas sobre sus maridos, además, daba los frutos más variados en cualquier época del año, sólo bastaba frotar una vez al día sus hojas pronunciando las palabras mágicas:

Matita de cuno cuno, color de la mantequilla
Ante ti acudo muerta de hambre
Dame sandías, peras y granadillas
¡Dámelas en este instante!

Y las hojas amarillas del árbol se sacudían estremeciendo la tierra, las raíces parecían cobrar vida y el tronco vertía un líquido sanguinolento como si estuviera el árbol pariendo el pedido hecho. De pronto, de sus entrañas salían las frutas del tipo deseado; para obtener otras solo había que cambiar los versos de forma conveniente. Así, podía dar en la mañana sandías, moras, frutillas y avellanas y en la noche granadillas, manzanas, uvas y peras; mas, siempre exigía que el pedido se hiciese luego de frotar sus hojas e invariablemente en verso. Cata la tenía en un lugar especial de la cueva protegida de los roedores y de los animales de las cercanías.

Un buen día la vieja salió a sus andanzas nocturnas a ver que podía hurtar y se encontró con un pequeño chivo. Jadeante llegó a la cueva con el animal a cuestas que entre chillidos y cornadas finalmente se dejó atar en una asta justo en la entrada de la cueva.
Hacía tiempo que los indios habían reforzado la seguridad de sus corrales por lo que la dieta de Cata estaba restringida a los frutos de la mata, así que el hecho de tener ante ella semejante ración de suculenta carne le desaguaba la boca.
Se preparó entonces para el banquete, pero se dio cuenta que no tenía especias para sazonar ni legumbres para acompañar el plato principal y decidió ir al pueblo para traer lo que le hacía falta. Se marchó presurosa no sin antes advertir al pequeño chivo:

  • ¡Cuidado con comerte mi matita de Cuno Cuno porque si lo haces te mueres antes de que yo te mate! –

Y dicho esto se marchó por la campiña repartiendo maldiciones a los pocos campesinos que encontraba por el camino.
El chivo, que había estado perdido cerca de una semana sin alimento ni bebida, se saboreaba las hojas del árbol que lucían apetitosas ante la luz del atardecer que las bañaba; tiró y tiró y tiró del palo al que estaba amarrado hasta que se soltó y hambriento cayó sobre la mata y la devoró completamente.

Ya de regreso en la cueva la vieja sorprendió al chivo masticando el último pedazo de la que había sido su adorada planta. Se tumbó sobre una silla y allí mismo observó una pequeña hoja que se había salvado de la cena y empezó a frotarla diciendo:

Matita de cuno cuno, color de la mantequilla
Ante ti acudo muerta de hambre
Dame sandías, peras y granadillas
¡Dámelas en este instante!

La cabra lanzó un balido de dolor mientras se iba hinchando de frutas como un pavo relleno, tendida panza arriba, en medio de la cueva, se retorcía mientras el arbusto se transformaba en cuantas frutas podía.

  • Ese es tu castigo por haberte comido mi matita de cuno cuno y ahora, en pago, me darás tu posesión más preciada –
El hinchado chivo, que ya a esas alturas estaba a punto de reventar, convino en ceder sus cachos pues no podía retornar lo robado al lugar de donde lo había tomado. Y luego de despojar de los cachos al animal, la bruja se metió la hoja en el bolsillo del harapiento vestido y salió de la cueva, el chivo emitió un último gemido y explotó dejando las pepas de las frutas chorreando las pareces mugrosas.

La vieja se marchó al río a coger agua con los cachos del chivo, pensaba por lo menos tomarse un té, pero el río, más correntoso ese día que cualquier otro, se encontraba de verdad enfurecido. Cata quiso agacharse un poco, pero una rama la tumbó en la orilla soltando los cachos que se fueron con la corriente. Sacó nuevamente la varita y habló al río furiosa:

¡Río devuélveme mis cachos! ¡Cachos no eran míos! ¡Cachos eran de chivo que se comió mi matita de Cuno cuno!

Dos veces repetido el conjuro y sin la posibilidad de retornarle los cachos exigidos, el río le obsequió un fruto de sus entrañas. Un enorme pez cayó sobre la cabeza de la anciana bruja. Ella muy diestra en las lides de la preparación de alimentos lo separó de las tripas y lo rebanó en filetes. Levantó un fuego en medio de la campiña y se dispuso a disfrutar la cena, corriendo fue hasta unos árboles cercanos a tomar hojas que sirvieran como platos cuando un fuerte olor a quemado invadió los alrededores, pero cuando Cata estuvo de regreso ya era muy tarde, la candela había quemado hasta el último pedazo del gran pez regalado por el río. Más furiosa que nunca la vieja tomó su varita y reclamó al fuego:

- ¡Tulpa! ¡Devuélveme mi peje... peje no era mío... ¡¡¡¡Peje era de río, río llevó cachos, cachos no eran míos, cachos eran de chivo que se comió mi matita de Cuno cuno!!!!

El fuego le devolvió una olla en retribución al pez, la vieja no vio con buenos ojos el regalo, pero no le quedó más que aceptarlo, pensó en ir a la mañana siguiente al mercado del pueblo para vender la olla y comprar algo de comer, pero viendo una vaca pastar muy cerca de donde estaba decidió ir a robar un poco de leche y avanzó por la penumbra escondiéndose entre los arbustos y se sentó en la hierba cerca de las ubres de la vaca. Estaba en sus labores cuando el soberbio animal le dio tal patazo que la mandó a diez metros con todo y olla dejando el utensilio clavado en un filoso madero. La vieja nuevamente furiosa tomó su varita y exigió a la vaca:

¡Vaca! ¡Devuélveme mi olla! ¡Olla no era mía, olla era de tulpa! ¡Tulpa quemó peje! ¡Peje no era mío! ¡Peje era de río! ¡Río llevó cachos! ¡Cachos no eran míos! ¡Cachos eran de chivo... que se comió mi matita de Cuno cuno!

La vaca, viendo a la vieja envuelta en un aura demoníaca, juntó toda su energía y le obsequió un queso que la mujer se llevó de vuelta a la cueva. Buscando con qué partirlo estaba, la odiosa bruja, cuando un perro atraído por el olor se acercó despacio y se lo tragó. La anciana se dio cuenta y temblorosa y llena de rabia se acercó al can con su varita repitiendo el reclamo.

¡Perro! Devuélveme mi queso, queso no era mío, queso era de vaca; vaca, quebró olla, olla no era mía, olla era de tulpa; tulpa quemó peje, peje no era mío, peje era de río; río llevó cachos, cachos no eran míos, cachos eran chivo que se comió mi matita de Cuno cuno.

Y de igual forma despojó al perro de lo que le era más preciado, sus pelos, y se dispuso hacerse con ellos unas medias para el frío, se sentó pensando en lo caliente que iba a tener los pies cuando terminara su labor cuando una voraz ráfaga la dejó nuevamente sin nada. Otro reclamo esta vez al atrevido ventarrón varita en mano:

- ¡Viento! Devuélveme mis pelos.... pelos no eran míos, pelos eran de perro, perro comió queso, queso no era mío, queso era de vaca, vaca quebró olla, olla no era mía, olla era de tulpa, tulpa quemó peje, peje no era mío, peje era de río, río llevó cachos, cachos no eran míos, cachos eran de chivo que se comió mi matita de Cuno cuno.

Y hubo entonces un cambio brusco en el clima, las nubes se agitaron y huyeron despavoridas llevándose a los pájaros con ellas. No se escuchaba un solo insecto, las golondrinas se habían guardado lejos y los grillos no cantaban más cuando de pronto el viento trajo volando una gran casa, magnífica, con balcón, balaustres de marfil y lámparas de carey y la depositó justo en los pies de la bruja. Se escuchó una voz gruesa que parecía haber salido de las entrañas del mundo que le dijo: - ¡Es tuya!- Y la mujer saltó de alegría, nunca pensó que sus reclamos le darían tal premio, después de todo, ella se lo merecía por haber perdido tantas cosas: los cachos del chivo, el peje del río, la olla de la tulpa, el queso de la vaca, los pelos del perro y su adorada mata de Cuno cuno.

Entró en la casa sintiéndose propietaria de semejante maravilla y saltó tanto de felicidad, que sin darse cuenta dejó caer la última hoja que le quedaba de la planta dentro de la nueva mansión. Entonces se estremeció la tierra y de la hoja salieron raíces que se clavaron en la sala y creció el tronco rojo tan fuerte que atravesó el segundo piso y el techo. Las hojas doradas empezaron a salir mientras la vieja lloraba y gritaba maldiciendo a la planta por haber destruido su casa olvidándose de las palabras de quien alguna vez se la dio y con el odio más grande reflejado en el rostro se dirigió a ella:

Que pesar me da verte vivita
Tras suerte tan incierta
Mejor te hubieras quedado muerta
¡Planta maldita!

Y el árbol se cobró la ofensa de la peor forma imaginada, desprendió de la tierra una de sus raíces con la que atravesó a la vieja como una hoja de lechuga traspasada por una filosa espada. Luego, las ramas estremecieron el árbol y en medio de un espectral y tétrico siseo, las ánimas se llevaron lo que quedaba de aquella inhumanidad.

Aún puede observarse la mata de Cuno Cuno en las cercanías del páramo, apagada y fría, sin ramas, frutos y flores; sus hojas ya no tienen el hermoso color dorado del sol ni su tronco el intenso rojo carmesí, pues, en su venganza, olvidó el árbol su forma única de perecer; su propia vida estaba atada a la suerte de su dueña y con ella muerta, la planta también debía fallecer.

Mónica Carriel Gómez
Del libro “Cuentos del chofer y la lavandera”



sábado, 7 de septiembre de 2013

RECUERDOS...



CAE LA GOTA EN EL CEMENTO Y DE TANTO DARLE DE PRONTO LO REVIENTA
LA MUJER QUE SUFRE, SE TRAGA SUS LÁGRIMAS Y DE A POCO SE REINVENTA…

PORQUE LO QUE AHORA TE GOLPEA CON LA FUERZA DE LO PERVERSO
MÁS TARDE SERÁ EL CAMINO QUE TE LLEVARÁ A UN NUEVO UNIVERSO!

AVANZAMOS ESQUIVANDO LOS RECUERDOS QUE SE ESFUMAN CON LA BRISA
Y LO QUE AHORA NOS HACE DAÑO, MAÑANA NOS CAUSARÁ RISA!!!!!!!

SOMOS EL ECO DE ANCESTROS LUCHADORES, HONESTOS Y FUERTES
Y A LA VIDA NOS ENSEÑARON A MIRARLA LIMPIAMENTE DE FRENTE!

HONRO A MI MADRE TODAS LAS MAÑANAS CUANDO ME LEVANTO
Y A MI PADRE CUANDO CANSADA CONTINUO DE PIE SIN QUEBRANTO!

MALDITOS RECUERDOS ERRANTES QUE OPRIMEN MI PECHO TODO EL TIEMPO
OJALÁ YA NO EXISTAN CUANDO ME TOQUE CAMINAR MÁS LENTO!

AUNQUE HE NOTADO QUE DE A POCO DE DESDIBUJAN EN MI MENTE
NO ES QUE ESTÁ MAL MI MEMORIA… ES QUE YA LOS SUFRÍ SUFICIENTE!

Mónica
Agosto 2013
Comentario en el Blog de Catrina Tala

CUENTO EL MATAPALO Y LA LEYENDA DE LOS ORTIZ


Mucho antes que el sol torne dorados los maizales y que los gallos se suban a los platanales para anunciar con cantos el nuevo día, la vieja hacienda de los Riera se invadía del olor a canela y naranjilla de la colada de la abuela, el aroma revoloteaba entre las matas de albahaca despertando a los animales y despabilando por completo a los peones que se alistaban para marcharse a las faenas del campo.

La casa donde me crié podría parecer, para cualquiera, un simple rancho en el campo lleno de las costumbres de los montubios que la habitaban y de los cuentos que inventaban las viejas frente al fogón y la olla hervidora de ropa; pero para mi, esa vieja casona, era el lugar más acogedor del mundo. Todo en ella, por más sencillo que fuera, me agradaba; la sinfonía de grillos que alegraban las noches con sus conciertos infinitos, los animales del monte que nos observaban curiosos desde las sombras, los dulces cañaverales y la musicalidad con que ondeaban al viento las matas de choclo, pero lo que la hacía realmente especial era la presencia de Pancho "el espantapájaros".

Pancho tenía un aspecto hosco que provocaba extrañas sensaciones. Largo y escurrido como una espiga de arroz, como un junco seco, encorvado; con una barba entrecana que le llegaba al cuello y con un sombrero de ala ancha tapándole las espesas y desordenadas cejas, caminaba lentamente llevando recostada en el hombro su vieja escopeta y un interminable cigarro hecho de puro tabaco arrancado al paso, con el que apenas calmaba el vicio culpable que su piel tuviera cada día más olor de estar quemándose por dentro. Sus torcidas canillas cubiertas por unas largas botas de cuero llevadas siempre por fuera del pantalón, daban la impresión de que anduviera montado en algún caballo invisible; con el machete en el cinto y la camisa amarrada en la cintura pa´ que no estorbe, deambulaba por los maizales espantando a los mañosos que hurtaban las mazorcas en tiempos de cosecha.

Era todo un personaje el protagonista de la mayoría de cuentos que inventaba a diario la campesina chiquillería atrevida; era un filósofo, un científico empírico, un poeta frustrado, un cómico vagabundo, un contador de historias locuaz, el mejor de los magos y el más divertido de los amigos, Pancho "el espantapájaros" era mi abuelo.

Su basta descendencia creció en la finca Riera, oyendo al abuelo negro cantar música africana con tambores y timbales mientras la abuela blanca, más rubia que el trigal, entonaba hermosas melodías en francés aprendidas de sus padres. Y es que ella era el fruto de una adinerada familia Europea que había emigrado al país a finales del siglo XIX. Empeñados en que sus tres descendientes no se fijaran en cualquier aborigen de la nueva tierra, los mantuvieron siempre alejados de los realengos, pero inútil fue tratar que la niña María se separe del peón negro que le endulzaba la oreja entre las matas de yerba buena, sembradas en el borde de su ventana y que terminó robándosela una noche de luna llena, así como también fueron inútiles las súplicas de los padres para que volviera. María se olvidó pronto de su ilustre abolengo y de sus finas raíces, agachada en el fogón moviendo la colada o preparando la comida de los puercos parecía una montubia nacida en cualquier parcela entre el monte y la maleza, lo único que conservaba de su antigua vida, eran los cantos en francés que entonaba de vez en cuando y que hacían que los animalitos se acercaran a ella como consolándola por la tristeza que le provocaban sus recuerdos.

Tenía mi abuela muchas manías aprendidas de los campesinos montubios, pero unas de las más férreas eran las supersticiones. Cuando el viento soplaba ponía a hervir canela y yerba buena para espantar los malos espíritus que trajera el ventarrón y cuando llovía a cántaros cocinaba un manojo de albahaca y un puñado de arroz en cáscara para que la lluvia cesara sin ocasionar daño a las cosechas, pero cada vez que encendía una vela o conversaba con algún espíritu, mi abuelo la reprendía, le apagaba las veladoras y le escondía los santos mientras le preparaba alguno de sus brebajes para asegurarse que no fuera a perder la poca cordura que le quedaba.

Era normal que siendo mi abuelo el capataz de la hacienda, se mantuviera, en ocasiones, ocupado en alguna faena agrícola que lo alejaba de la casa, pero ella siempre sabía que otras “faenas” pudieron entretenerlo por ahí, entonces ponía a San Antonio parado de cabeza, guindado dentro del guarda-frío y el santo, tan solícito como era en esos menesteres, siempre cumplió la súplicas, mas una noche de frío invierno, en que la lluvia no cesaba ni con albahaca ni con arroz “el espantapájaros” no regresó.

Lo esperamos toda la noche mientras la abuela, sentada en su mecedora en el patio, no alejaba la vista del camino de la ciénaga por donde se había marchado.

Tres días aguardamos por su regreso, tres días se pudrió la comida servida en la mesa de tronco de nogal y tres días le duró a la abuela la paciencia, al final del tercero, cuando la lluvia y el viento volvieron a cabalgar impetuosos por los sembríos, ella se levantó de su silla y entró en la casa deshecha en llanto.

-¡Lo mataron los Ortiz! -Gritó- ¡A mi negro lo mataron los malditos Ortiz!-

Caminó hasta el fogón, tomó la olla de los sortilegios con sus manos desnudas y la volcó en las brazas, luego corrió hasta su cuarto seguida de sus hijas y sus nietas con las que se encerró en un rezo perpetuo.

Los que estábamos reunidos en torno a la mesa nos quedamos petrificados.

¿Habría alguien traído la noticia? O peor aún... sus despojos... pero no, era sólo un mal augurio, aunque viniendo de Doña María bien podía tratarse de un certero presentimiento de muerte. Guardamos la compostura y nos mantuvimos en medio de un silencio sepulcral, sumidos en nuestros más profundos pensamientos, hasta que Francisco, uno de los nietos mozuelos que había llegado conmigo de la capital después de años de ausencia, lo rompió con una pregunta que parecía sencilla, pero que en el fondo no lo era tanto.

-¿Quiénes son los Ortiz?

Lo miramos asustados, pero nadie se atrevió a contestar recordando una antigua prohibición de la abuela, hasta que Severo, segundo al mando de la hacienda y entre los peones el más rudo y tosco contestó.

-¡Son ros muertos der Mataparo!-

- Hace años los dos marvados hermanos se retaron por er amor de una mujer y terminaron despedazándose, desde entonces, cada vez que hay tormenta se escuchan ros machetes de ros Ortiz azotando er tronco der árbor en donde murieron. -

En ese momento, tres golpes secos retumbaron en la distancia, nos levantamos de la mesa mirando hacia la puerta con los dientes apretados, los puños cerrados y conteniendo el aliento. Fue entonces cuando, como movido por un resorte me negué a seguir prolongando aquellas teorías insulsas con las que había crecido y ante el asombro de todos, me puse las botas y el impermeable, me coloqué el machete en el cinto y abrí la puerta disponiéndome a salir…

-¡No tenemos por qué dar al abuelo por muerto, seguro está por allí entretenido en algún follón o en algún velorio!-

- ¿A onde va er patrón? –Pregunto Severo.- Acuérdese que son muchos ros que han ido y nunca vorvieron…

Lo miré con más lástima que coraje.

-¡Voy a buscar al abuelo y lo voy a traer vivo, a él y a tus malditos Ortiz!
Todos me miraron fijamente, unos con miedo y otros con la pena de quien se despide de alguien que nunca volverá a ver, pero nadie dijo nada, finalmente salí de la casa y en medio de la lluvia y el frío tome el camino de la ciénaga y me interné por el estrecho sendero que me conducía al árbol madre.
Caminando por horas, chacoteando el agua de los charcos y cortando el monte con el machete, recordaba mis andanzas con “el espantapájaros” cuando era un mocoso... Me llevaba corriendo por las plantaciones, montado en su espalda o a horcajadas sobre sus hombros, haciéndome creer que galopaba en algún mágico caballo de ébano; me dormía haciéndome hamacas con los bejucos de los troncos y me asombraba sacándome granos de café de las orejas cuando lloraba. Iluminado débilmente por la luna y tratando de escuchar, a través de la lluvia, algo que me guiara por el camino, llegué a un tramo donde el sendero era cortado por otro, me detuve, miré por unos minutos, a lo lejos, el sendero por donde venía y lo ví terminar en un caserío, entonces regresé la vista al otro camino, de pronto cayó del cielo una detonación estruendosa que parecía haber partido el cielo en dos y en medio de los destellos luminosos de la tormenta descubrí al matapalo, que imponente, se levantaba al final del sendero aparecido.

Respiré profundo, sostuve fuerte el machete y avancé entre las matas, el viento comenzó a soplar con fuerza y a silbar a su paso moviendo los árboles y los arbustos, escuché a lo lejos los golpes secos, que se confundían con los sonidos de la tormenta, me detuve y recordé la leyenda que desde hace mucho tiempo atrás se contaba en la comarca:

Los Ortiz” era una familia de ocho hermanos varones a los que solo les sobrevivía la madre. Violentos y desalmados, cualquier montubio machuco sentía la sangre en los pies cuando alguno de ellos osaba poner sus ojos en alguna de sus hijas; pero la niña Rocío, un ángel de bondad y ternura, conquistó el duro corazón de los dos mayores. Por mucho tiempo la cortejaron con buenas intenciones, pero como la niña no se decidía por ninguno, Favio, el más malo, se robó a Rocío y la violó en el monte cerca del río, días después descubrieron el cadáver de la niña entre los matorrales, la montubiada enardecida los buscó sin suerte. César, el otro hermano pretendiente siguió como bestia de caza por meses el rastro de Favio hasta que lo encontró, monte adentro, envuelto en sus miserias y viviendo como un animal, debajo del frondoso árbol, allí mismo, como fieros enemigos, los rivales se descuartizaron tiñendo de rojo el tronco y las raíces del matapalo.
Los cañonazos de los golpes secos, mucho más fuertes que antes, me trajeron nuevamente al presente en donde continuaba parado sin lograr moverme, de pronto, un rayo cayó muy cerca de mi obligándome a despabilarme por completo y a continuar mi camino. Seguí por el sendero serpenteante, los golpes se escuchaban ahora como verdaderas detonaciones que se disparaban muy cerca de mis oídos. Avancé más hasta que me encontré con el descomunal fantasma de madera. Contemplé por un minuto su monstruoso tamaño y volví a escuchar los fantasmagóricos golpes, busqué por los alrededores apoyándome en el tronco, cuando el espantoso ruido hizo su aparición nuevamente, pude sentir como el árbol cimbraba con cada una, entonces comencé a trepar agarrándome fuertemente de las ramas, había subido casi cuatro metros cuando de pronto me quede perplejo y sin aliento, ante mis ojos aparecieron por fin quienes por muchos años habían provocado el miedo de la gente y las plegarias de las viejas... ¡Los malditos Ortiz!

Furioso tomé mi machete del cinto y corte los bejucos, que enredados entre si, habían desarrollado en los extremos unas duras estopas que le colgaban como descomunales aretes al matapalo y que cuando el viento soplaba, azotaba con fuerza, eso, sumado al eco natural y a la lluvia provocaban que los macabros sonidos se extendieran, apareciendo así los “machetazos” que alimentaban la famosa leyenda.

Cuando me bajé del árbol la lluvia casi había cesado y la tenue luz del alba se apoderaba de la naturaleza en torno, recogí las estopas y los bejucos pensando llevarlos como trofeo y me dispuse a marcharme, casi había olvidado al abuelo, cuando una mano morena y mas añosa que el mismo tronco del árbol me agarró por el hombro obligándome a voltear.

-Eso mismo quería hacer este viejo… -dijo el espantapájaros- …Pero me caí y me astillé la mardita pata.-

Reímos a carcajadas por varios minutos, luego lo cargué en mi espalda como hacía él cuando yo era pequeño y nos alejamos por el sendero de la ciénaga. Nunca supe que se hicieron las estopas y los bejucos, pero mi mayor premio fue no volver a escuchar los machetes de los malditos Ortiz, aunque algunas veces, cuando hay luna llena, hay quien dice que se puede escuchar a la dulce niña Rocío cantando cerca del río y hay también quien dice que la ha visto volar con alas de ángel.

Mónica Carriel Gómez 
Tomado de “Cuentos del chofer y la lavandera”


CUENTO "BUENAS NOCHES SEÑOR PRESIDENTE"


A mediados de 1977, Guayaquil era una perla que tímida surgía acunada por el Guayas. Lentamente despertaba como de un sueño a las comodidades del mundo moderno. Las casas comerciales presentaban el revolucionario “acondicionador de aire” muy propicio para la temporada, pues el verano empezaba a obsequiar un clima sofocante; las mujeres disfrutaban de la llegada del crepé de seda que traían los conocidos almacenes Chedraui y una nueva bebida iniciaba su campaña de introducción en el país bajo el eslogan “La chispa de la vida”. Una epidemia de rabia ocupaba a las autoridades que a más de atender la emergencia médica se alistaban a firmar un contrato para que se probara algo llamado “pavimento” que finalmente retiraría de las calles el aspecto polvoriento de pequeño pueblo otorgándole a la ciudad reflejos de gran urbe.

Este era el Guayaquil de Ramón Ojeda, las mismas calles que veía todos los días desde el parabrisas del bus de la línea siete que cruzaba el suburbio hasta el centro y de regreso.

Ramón tenía una bonita familia y no le gustaba salir de noche dejando sola a la prole, pero la enfermedad de su pequeña lo obligó a prestar un taxi a uno de sus amigos aventurándose en el recorrido nocturno, recogiendo noctámbulos para hacerse unos centavos extra.

Eran las siete cuando pasó por la casa de Alfredo Llerena, amigo de tragos que además, era dueño de un taxi. Antes de retirarse con la unidad preguntó al dueño del vehículo que calles eran más productivas dentro del recorrido nocturno, el amigo le dio su itinerario anexando a este una pregunta que a Ramón le pareció de lo más extraña.
Ramón… ¿Crees en las almas en pena?

Ramón lo miró un instante por debajo de las grandes lunas de sus lentes antes de responder.

- Yo no creo más que en lo que puedo ver y tocar amigo. -

¡Qué bueno! – dijo entre risas el dueño del taxi. - Pero de todas formas, valga la advertencia, para que no digas luego que te mandé más ciego que un murciélago.

Si después de la media noche, cerca del antiguo Banco de Descuento, recoges a un caballero antiguo que te pide que lo lleves al cementerio, no le cobres el pasaje, solo despídete de él diciendo “Buenas noches señor Presidente” y mete el acelerador hasta el fondo. ¡Te aseguro que después de esta noche vas a creer hasta en Sansón melena!

Y soltando una carcajada le entregó las llaves del vehículo y empujó la puerta del carro haciendo chirriar los goznes.

Ramón se marchó pensando que las idioteces de su amigo eran solo eso, o alguna broma de taxistas.

Hizo cuatro carreras entre las siete y la una, era una madrugada productiva y Ramón pensaba no terminar el recorrido sino regresar a su casa a eso de las tres para dormir algo antes de la jornada en el bus que comenzaba a las seis. Luego pensó que si toda la noche era así de fructífera bien podía sacrificarse el resto de ella y faltar al otro trabajo y continuó con el recorrido.

A eso de la una y media pasó por Illingworth y Malecón y un caballero con un portafolios lo hizo parar.

¡Al Cementerio General por favor!

Y dicho esto se embarcó en la parte de atrás.

El hombre era chapado a la antigua, muy gentil, amable y conversador. Un intelectual. Durante el recorrido charlaron sobre la situación económica del país y de los gobiernos de antaño y, por supuesto, de la época de Eloy Alfaro. Eran tantos los detalles con que pintaba las escenas que parecía que él mismo las hubiese vivido. A Ramón le intrigó de pronto por qué un caballero como él quisiese ir a esas horas al cementerio y se lo preguntó:

¿Oiga míster? ¿Y para que quiere ir a estas horas por “la casa blanca”? ¡Esa zona es muy peligrosa!

No se preocupe, - le dijo- ¡Yo vivo allí!

Ramón imaginó que el ilustrado pasajero vivía muy cerca del panteón, de pronto en alguna de las casonas de la antigua “calle de los lamentos” como se llamaba a esa vía por estar ubicados en seguidilla, la primera iglesia de la ciudad, el Hospital, la cárcel municipal y la última morada. A lo mejor el hombre vivía en alguna callejuela de esas cercanas al panteón, que al no tener nombre, hacía que los moradores tomaran a éste como referencia para ubicar a los conductores.

De pronto, sin saber porqué exactamente, recordó como en un sueño la advertencia del dueño del taxi.

...Si después de las doce recoges a un caballero que te pide que lo lleves al cementerio, no le cobres el pasaje solo despídete de él diciendo, “Buenas noches señor Presidente”.

La sangre helada pasó por sus venas temblorosas. Ya casi terminaba el recorrido y la conversación seguía fluida, hasta que de pronto llegaron a la puerta siete del cementerio…

¿Cuanto le debo? – preguntó el ilustrado y docto caballero. –

Y Ramón dudó un poco antes de responder:

¡Buenas Noches Señor Presidente!

El hombre le hizo una venia con la cabeza y se bajó del carro encaminándose hasta la puerta del cementerio, Ramón lo miró fijamente con curiosidad hasta que al llegar a las rejas de la entrada, el hombre lo regresó a ver, lo saludó y se evaporó.

Más blanco que la luna Ramón se bajó del taxi y lo buscó con la mirada, de pronto un patrullero se detuvo y se le acercó:

¿Qué le pasa amigo?

Ramón no podía ni hablar, estaba muy asustado, el patrullero, un viejo con algo de experiencia le preguntó:

¿No me digas que trajiste un pasajero hasta aquí? ¿Un viejito con un maletín y un sombrero alto?

¡Si! - respondió el taxista.- ¡Y se metió al cementerio!

El agente no podía ni hablar porque la risa no lo dejaba, mientras Ramón no sabía ni como explicar lo inexplicable.

¡De verdad! ¡Yo lo vi en la puerta y después ya no lo vi, no estoy borracho! ¡Se lo juro!

De pronto el agente recuperó el aliento. - Te creo, te creo. Ya ha pasado antes, yo cubro esta ruta en las noches ya más de cuatro años y he escuchado esa historia miles de veces. Ven acá, te voy a mostrar algo…

Y ambos se encaminaron hasta el portón…

Me dijo que aquí vivía, pero yo pensé que era una broma o que vivía en una casa de las cercanías. Dijo Ramón.-

El no te mintió, aquí vive…

El agente sacó una linterna y metió las manos entre las rejas, la débil luz quebrantó la oscuridad y ante los ojos de Ramón apareció un hermoso mausoleo, magnífico, bordeado de palmeras y en medio de él un cofre muy grande.

¡Esa es su casa! – Dijo el agente-

Pe… pero esa es una tumba…

¡Si! ¡Es la tumba de Don Emilio Estrada! ¡Tuviste el honor de traer al Presidente a su casa!

Ramón lo miró con incredulidad.

Luego el agente iluminó el enorme candado que cerraba la puerta.

A ver sabelotodo… ¿Cómo pudo haberse metido por aquí? ¡Dime!

Ramón tomó el candado entre sus manos y guardó silencio mientras el agente se alejaba con un aire triunfante mascullando entre dientes...

¡Vámonos! ¡No sea que le den ganar de salir a pasear otra vez!

Ramón soltó el candado y corrió detrás del agente, se subió en su taxi y rápidamente puso marcha a la casa del burlón a buscar la explicación del asunto. Después de la carcajada el amigo le echó el cuento completo:

Víctor Emilio Estrada Carmona fue presidente de los ecuatorianos por un breve lapso, a pesar de esto la historia lo registra como un hombre sin tacha, un gobernante digno que reunía todas las condiciones para ser un mandatario de primer orden: honrado, circunspecto e influyente en las decisiones del General Alfaro. Hizo concebir fundadas esperanzas en toda la nación, pues fue un defensor de las libertades públicas y jamás se aprovechó de las ventajas que le proporcionaba la política. Desgraciadamente padecía de una lesión cardiaca que le fue descubierta por el doctor Párker, al conocer esta dolencia el General Alfaro le solicitó que renunciara a sus aspiraciones presidenciales, pues consideraba que esta afección le impediría ejercer el poder de una manera adecuada. Estrada se negó y en su respaldo se produjo una reacción política y militar que culminó el 11 de Agosto de 1911 con la caída de Alfaro pocos días antes de terminar su segundo período presidencial. Estrada asumió la presidencia el 1 de Septiembre y terminó como estaba previsto, tempranamente a los 56 años, el 21 de Diciembre de 1911, en Guayaquil, cuando aún no había podido saborear completamente las mieles del triunfo. Estuvo en el poder tres meses y veinte días.

Tuvo participación en muchos negocios, uno de ellos fue el de gerente del desaparecido “Banco de Descuento” situado en Illingworth y Chile, desde donde todos los días tomaba un taxi que lo llevaba a su hogar. Muchos años después de muerto se hizo popular esta leyenda entre los choferes que recorrían la zona del centro por donde estaba el antiguo Banco:

- Quien recorriera pasadas la media noche las calles Illingworth y Chile se encontraba de pronto con un gentil caballero vestido a la antigua, barbado, con lentes angostos y un gran portafolios negro que le hacía parar. Saludaba cordialmente y pedía que lo llevaran a la puerta siete del cementerio. Sin preguntar el valor del pasaje se subía a la parte de atrás. Todo transcurría normalmente, el amable pasajero preguntaba al taxista sobre su trabajo y entre sus temas favoritos estaban la política, las obras y problemas sociales, y claro, la feroz crítica hacia sus opositores, además era gran conocedor de la historia del país. Al llegar al cementerio el hidalgo pasajero preguntaba la tarifa a lo que el chofer solo debía contestar: ¡Buenas noches señor Presidente! Para que el muerto se vaya tranquilo y se meta en su fosa sin más problemas. No había que temer porque si bien era un muerto no era problemático ni espantador, parecía que ni siquiera estuviera enterado de que estaba muerto. Su desaparición fue tan abrupta que se quedó con ganas de hacer cosas buenas por el país, su alma no aceptó nunca el final que tuvo y vaga por la madrugada haciendo su viejo recorrido desde su trabajo hasta su “casa”-.

Mónica Carriel Gómez
Tomado del libro “Cuentos del chofer y la lavandera”.